Annemarie Schwarzenbach: ángel inconsolable e inquieto de la literatura del siglo XX.

El
redescubrimiento de la obra y de la existencia trágica y fascinante de Annemarie
Schwarzenbach (1908-1942), una de las mejores escritoras de viajes del siglo
XX junto con Alexandra David-Neill y Ella Maillart, permite hoy
tener una visión más acabada del impacto que tuvieron en las vidas privadas
los cambios y las crisis del período de entreguerras (1920 a 1939).
Publica Babel en su edición del 27/2/2005
Por Hugo Beccacece
Por otra parte, en los últimos años, el interés por Medio Oriente, ha hecho
de Schwarzenbach una personalidad de culto entre los intelectuales
europeos y norteamericanos. Se han publicado siete volúmenes de sus Obras
escogidas, montado varias exposiciones de sus fotografías y escrito dos biografías
sobre ella. La última de éstas, editada en Francia, es “Annemarie
Schwarzenbach ou le mal d´Europe”, de Dominique Laure Miermont, sobre
la que se basa este artículo. Además, aparecieron dos novelas biográficas y
se estrenó un film documental consagrados a la viajera.
Doctora en filosofía, arqueóloga, periodista, fotógrafa y novelista, Annemarie
registró en sus crónicas y en sus obras de ficción las costumbres, la
historia y los paisajes de los países que recorrió (Persia, Afganistán, el
Congo Belga, Rusia, los Estados Unidos), así como el espíritu de sus
habitantes.
La princesa prisionera
La belleza andrógina del rostro de Annemarie, su inteligencia,
enriquecida por una vasta cultura, seducían por igual a hombres y mujeres. El
dinero de su poderosa familia le facilitó el conocimiento de los territorios más
remotos. En esas comarcas, intentaba hallar el pasaje a "otro mundo",
huía de la civilización occidental, de lo que se dio en llamar "la
enfermedad de Europa". Impulsada por su sed de absoluto, Schwarzenbach
convirtió su "huida" a otros continentes en una experiencia casi mística,
que terminó por destruirla
Alfred Schwarzenbach, el padre de Annemarie, pertenecía a una
familia patricia de Suiza que había forjado una inmensa fortuna en la industria
de la seda. Su esposa, Renée Wille, era una aristócrata alemana
emparentada con el canciller Von Bismarck. El matrimonio tuvo tres
varones y dos hijas. Annemarie fue la tercera en nacer, el 23 de mayo de
1908. Para albergar a esa numerosa familia, Alfred y Renée
compraron una vasta propiedad, Bocken, cerca de la aldea de Horgen. Renée
tenía tres pasiones: los caballos, la música y la mezzo soprano alemana Emma
Krüger.
Renée le inculcó a Annemarie su amor por la música y la hija se
convirtió en una gran pianista, pero su interés más profundo era la
escritura. La madre no veía con buenos ojos que la chica escribiera porque sentía
que así escapaba de su control. No es extraño que el título de uno de los
primeros relatos de Annemarie fuera "Cuento de la princesa
prisionera".
Como su salud era frágil, cursó la escuela primaria en su hogar y sólo ingresó
en un instituto de enseñanza pública en el secundario. Por fin, la muchacha
podía salir de su casa. Entonces aprovechó para hacerse escapadas al teatro.
Esas travesuras tuvieron un resultado imprevisto: se enamoró de una actriz.
Cuando Renée se enteró, la envió a un pensionado en el que se educaban jóvenes
de buena familia.
En 1923, Annemarie ingresó en la Universidad. Los muchachos se sentían
impresionados por esa joven alta, aristocrática, inteligente y de rostro
angelical. Ella miraba con cierta condescendencia a sus compañeros porque sólo
se ocupaban de frivolidades. Annemarie, en cambio, aspiraba a ir al fondo
de las cosas y encontrarle un sentido a la existencia. Ese sentido sería una señal
de Dios, que le permitiría salvarse. Por supuesto, seguía escribiendo. Hizo un
viaje a París hacia fines de 1928 y frecuentó el ambiente de la bohemia, pero
también trabajó. Volvió de esa estadía con tres textos: Nouvelle Parisiense
I, II y París III.
Los hermanos Mann
En 1930 se produjo un encuentro decisivo en la vida de la muchacha. Conoció a Erika
y Klaus Mann, los hijos de Thomas Mann, el autor de “La montaña
mágica”. Los hermanos eran los niños terribles del mundo intelectual alemán.
Tenían ideas revolucionarias y se burlaban de las convenciones. Les interesaba
el teatro y ponían en escena obras provocadoras.
Annemarie se enamoró de Erika, pero ésta sólo sentía amistad
por ella y siempre se comportó respecto de la "princesa Miro" -así
la habían apodado los Mann- como una hermana mayor. Por otra parte, Erika
mantenía una relación con la actriz Therese Giehse.
Después de que Annemarie terminó su doctorado en historia, en 1931, se
publicó su primera novela, “Los amigos de Bernhardt”, donde retrata la atmósfera
de desesperanza y disipación en la que vivía su generación. Bernhardt,
el protagonista, es un joven de buena familia que quiere ser pianista y entra en
contacto con un ambiente alejado de los ideales burgueses. Entre sus nuevos
amigos, la angustia y la falta de valores se resuelve en una ronda amorosa en la
que todas las combinaciones son posibles por la indeterminación sexual de
quienes participan en ella. El carácter autobiográfico del relato era
evidente.
Thomas Mann, intrigado por la "princesa Miro", de la que tanto
hablaban sus hijos, la invitó a almorzar. Cuando la vio, le dijo: "Si
usted fuera un muchacho, por cierto se diría que es de una belleza
extraordinaria".
Para escapar de su familia, Annemarie logró que el profesor Carl
Burckhardt le propusiera ayudarlo a preparar un libro biográfico, lo que la
obligó a trasladarse a Berlín. A comienzos de los años 30, la capital de
Alemania tenía la vida nocturna quizá más intensa de Europa. Ese ambiente
tuvo un efecto perturbador en la joven. Al principio frecuentó diariamente los
clubes y bares de lesbianas donde su belleza andrógina tuvo un éxito
imaginable. Por primera vez, sintió que había perdido el control de su vida.
Sin ninguna obligación, librada a sí misma, se enajenaba bebiendo o haciendo
el amor de un modo promiscuo. Pasada la primera euforia, tuvo una "crisis
de nervios" y estuvo a punto de suicidarse.
Annemarie encontraba en la escritura la única manera de combatir la
angustia y la sensación de traicionar a su familia que la acosaba cuando quería
ejercer su libertad. Al escribir, el dolor no cesaba, pero encontraba un cauce y
le impedía entregarse a actos de los cuales después se arrepentía. Ese sería
el molde de conducta de toda su vida. Tenía que poner por escrito sus
experiencias, porque era la única manera de escapar del vacío, pero esa tarea
en la que debía hurgar en sus sentimientos más profundos para compartirlos con
los otros la desgarraba y, al cabo de un tiempo, aumentaba su angustia, lo que
la llevaba, en un círculo sin fin, a escribir incesantemente, como alucinada.
En Berlín, Annemarie terminó “Nouvelle lírica”, donde cuenta el
amor desdichado de un joven con una cantante de cabaret. El libro apareció en
abril de 1933, en el momento en que el ascenso de Hitler al poder era
inevitable. La obra pasó casi inadvertida. Nadie estaba interesado en un tema
tan alejado de la realidad política. Con todo, Anne no se sintió
desanimada. Tenía el aprecio de intelectuales como Roger Martin du Gard,
el autor de la saga de los “Thibault”, que habría de ganar el Premio Nobel.
Este le escribió en la dedicatoria de un ejemplar de Confidencia africana:
"Para A. S., agradeciéndole que pasee por esta tierra su hermoso rostro de
ángel inconsolable".
La bella y los nazis
Después de un viaje a Escandinavia para hacer reportajes destinados a la
agencia Akademia, la joven suiza conoció a Mopsa Sternheim, una mujer
que conseguía drogas como si se tratara de azúcar. En noviembre de 1932, Annemarie
comenzó a consumir morfina y pronto se convirtió en adicta. Buscaba en los
"paraísos artificiales" una manera de paliar la angustia que la
devoraba. Por supuesto, sólo lograba agravar el desamparo que la torturaba.
En esos meses, Erika y Klaus, acérrimos militantes antinazis,
debieron huir de Alemania porque estaban a punto de ser detenidos. Erika
se refugió en Suiza y Klaus se fue a París. El no volvería a pisar su
patria sino doce años después.
Por entonces, Annemarie comenzó su novela “Huida hacia arriba”. El
protagonista Francis von Ruthern se siente inepto para enfrentar el caos,
las traiciones y las mezquindades de la historia, por eso decide irse a vivir a
las montañas, el mundo que ama, donde piensa ser útil a los demás y
satisfacer su deseo de serenidad. Como una señal del destino, cuando regresa a
las cimas, salva a un niño de morir en la nieve.
Al igual que el protagonista de su novela, Annemarie no se sentía con
fuerzas para luchar contra el mundo "de abajo", es decir contra el
nazismo y, sin embargo, tampoco podía desentenderse de lo que pasaba. Tironeada
por esos dos sentimientos, le propuso a Klaus que dirigiera una revista
de oposición a Hitler. Así nació Die Sammlung, que duraría dos años
y se editaría en Amsterdam. Annemarie fue quien proveyó secretamente
los fondos para esa empresa. Entre los colaboradores del mensuario estaban André
Gide, Aldous Huxley, Heinrich Mann, Bertolt Brecht, Joseph Roth, Ernest
Hemingway, Albert Einstein y Jean Cocteau.
A mediados de 1933, Annemarie empezó a preparar un viaje a Persia que
había postergado. El 12 de octubre subió al Orient-Express. Regresaría siete
meses más tarde, después de haber cumplido un itinerario que la llevó hasta
Persia. La extrañeza de los paisajes, de las costumbres, la sumieron en la
melancolía y en una sensación de irrealidad. Los desiertos a la luz de la luna
se le antojaban imágenes de pesadilla.
Durante ese recorrido bebió, se drogó, se enfermó, dudó de sus conocimientos
de arqueología y extrañó Europa. Para olvidarse de sí misma, por las noches
se internaba en los barrios más tenebrosos de las ciudades, frecuentaba
prostitutas y se despertaba atontada por el haschich. Como resultado de ese
viaje, escribió “Invierno en Medio Oriente”, su libro más objetivo, donde
evitó volcar su intimidad.
Cuando volvió a Europa, se enteró de que el Tercer Reich le negaba la condición
de residente. Convertida en una abierta opositora a los nazis, Annemarie
acompañó a Klaus Mann al Primer Congreso de Escritores Soviéticos, en
Moscú. Al principio se entusiasmó con lo que vio, pero pronto le chocaron la
sumisión al Partido y el militarismo. Además, no estaba de acuerdo con el
realismo socialista que cercenaba el costado "metafísico" de la
literatura.
Pasiones persas
En septiembre de 1934, Annemarie volvió a Persia. Fue a trabajar en una
cantera arqueológica. Llevaba una vida ordenada, que la alegraba, pero por la
noche la soledad de su cuarto y los ruidos desconocidos la aterrorizaban.
Afortunadamente en la legación francesa de Teherán conoció al diplomático Claude
Clarac, segundo secretario de la embajada. Se hicieron amigos inseparables.
El, en realidad, se había enamorado de ella, a pesar de que se sentía más
bien atraído por los hombres. La relación entre ambos progresó de tal modo
que Clarac le propuso matrimonio a Annemarie y ella aceptó antes
de volver a Europa. Contraerían matrimonio unos meses después.
El casamiento, pensaba la escritora, la liberaría del control de los Schwarzenbach.
Para tomar distancia de ellos, alquiló la Jägerhaus, en Sils, donde comenzó a
preparar su regreso a Persia.
El 13 de abril de 1935, Annemarie llegó a Beirut donde la esperaba Clarac.
De allí partieron a Teherán para casarse. Cuando llegó el verano, la pareja
dejó la ciudad para escapar del calor y se trasladó a las montañas. Vivían
en un pabellón del príncipe Fiouz-Mirza, en un lugar paradisíaco.
Durante esos meses en Persia, Annemarie escribió un libro de relatos,
“La jaula de los halcones”, que nadie quiso editar. Más tarde, la autora
incluiría algunos de ellos en “Exilios en Oriente”. Los protagonistas son
europeos que han quedado varados entre paisajes y costumbres que lentamente han
carcomido sus voluntades o los han convertido en seres a menudo excéntricos,
expuestos al desvarío.
La rutina de una esposa de diplomático estaba hecha para irritar a Annemarie.
La escritura le servía de consuelo, así como la droga, hasta que en una reunión
conoció a una joven persa, Yalé. Las dos se enamoraron. Yalé
estaba enferma de tuberculosis y sabía que no viviría mucho. El padre de la
muchacha, enfurecido por la pasión de su hija, la encerró en su casa y le
prohibió que viera a Mme. Clarac.
Una vez más llegó el verano y Annemarie debió seguir a su esposo al
Valle Feliz, entre las montañas. En ese lugar aislado, se enteró de la muerte
de Yalé. La historia de ese amor está contado en “La muerte en
Persia” (editado en español), un libro de crónicas y relatos de gran
belleza. La terrible estadía en las montañas quedó registrada en “El Valle
Feliz”.
Cuando Annemarie volvió a fines de 1935 a su patria, descubrió con
angustia que la mayoría de sus amistades querían dejar el continente o por lo
menos Alemania. Como el trabajo siempre había sido para ella una tabla de
salvación, Annemarie resolvió viajar a los Estados Unidos con el fin de
hacer notas destinadas a publicaciones alemanas.
Entre septiembre de 1936 y enero de 1938 pasó dos largas temporadas en América.
En la primera, hizo una serie de reportajes en ciudades industriales de
Pennsylvania. Conversó con negros, blancos, enfermos. Captó con su cámara la
mirada desesperanzada de la gente. Después volvió a Europa y se entusiasmó
con el proyecto de escribir la biografía del alpinista Lorenz Saladin.
Terminó el libro en poco tiempo y cuando se publicó fue un éxito.
En su segundo viaje a los Estados Unidos, Schwarzenbach se ocupó de
investigar las condiciones de vida de los obreros agrícolas y los problemas
raciales en el Sur. Escribió entonces artículos de una calidad excepcional.
A mediados de 1938, Annemarie conoció a Ella Maillart, la gran
escritora de viajes suiza, de la que había leído Oasis prohibidos. Las nuevas
amigas planearon viajar por Afganistán en el Ford de Annemarie. Maillart
se dio cuenta desde el comienzo que debería ocuparse de las angustias y la
adicción de su compañera, pero pensaba que podría ayudarla. Las viajeras
despertaron curiosidad y cierto asombro escandalizado en Afganistán. Sin
embargo nadie les negó hospedaje y comida.
Después de doce semanas llegaron a Kabul, donde se enteraron del pacto
germano-soviético y del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Resolvieron
separarse porque esas novedades aceleraban sus proyectos personales. Maillart
partió hacia la India, mientras que Annemarie resolvió recorrer el
Turkestán afgano. De su viaje con Maillart queda un testimonio
apasionante, el libro “¿Dónde está la tierra de las promesas?”
Violencia y locura en el Plaza
Annemarie volvió a Europa en 1940. Llegó a un continente devastado por
el huracán nazi. Los Schwarzenbach habían perdido las tres cuartas
partes de su fortuna. Annemarie se refugió como siempre en Sils. Una vez
más, la casualidad le dio un nuevo rumbo a su vida. Margot von Opel, una
de las mujeres más ricas de Europa, esposa del industrial Fritz von Opel,
se encontró con la escritora en casa de unos conocidos e inició con ella una
relación que Fritz toleraría de mala gana. Margot le propuso a Annemarie
que se fuera con ella a Nueva York.
La tercera estadía de Schwarzenbach en los Estados Unidos estuvo marcada
por el dolor, el drama y los escándalos. En Nueva York vivía con los Von
Opel en el Plaza Hotel. Sólo podía escribir si se emborrachaba o se
drogaba, pero la mezcla de drogas y alcohol la volvía agresiva y, en una
oportunidad, trató de estrangular a Margot.
A pesar del estado de agitación que consumía a Annemarie, una joven
novelista de 23 años que empezaba su carrera, Carson McCullers, la
formidable autora de “El corazón es un cazador solitario”, se enamoró de
ella (tiempo después le dedicaría “Reflejos en un ojo dorado”). Annemarie
admiraba el talento de Carson, pero no podía responder a los
sentimientos de la muchacha y, además, no quería romper con Margot.
Extrañaba Europa y la suerte de sus amigos, atrapados por la guerra, la sumía
en la desesperación. Una noche, mientras Margot dormía, intentó
nuevamente estrangularla y, espantada por lo que iba a hacer, empezó a gritar
de tal modo que despertó a todo el hotel. Pocos días después, llegó la
noticia de que Alfred Schwarzenbach había muerto. Su hija, enloquecida,
trató de suicidarse.
Uno de los hermanos de Annemarie, que vivía en Nueva York, decidió
internarla. En la clínica le impedían escribir, por lo que Annemarie
tuvo varias crisis de violencia. Aunque estaba estrechamente vigilada, logró
escaparse. Su fuga fue dramática. Caminó kilómetros en el frío. Llamó a un
amigo y lo convenció de que la albergara en su departamento pero desencadenó
un escándalo con sus gritos -porque, según ella, nadie la entendía-, se
encerró en el baño y se abrió las venas. La internaron en una clínica de
White Plains y se le comunicó que sólo podría salir de allí para volver a
Europa. Se la había declarado insana y se la expulsaba para siempre del país.
La serenidad y el azar
En Suiza, se enteró de que su madre se hallaba enferma y de que los Schwarzenbach
habían resuelto que Annemarie debía dejar Suiza. Le ofrecieron mucho
dinero para que se fuera. Sólo tenía una posibilidad: volver a partir. Esta
vez pensó en Africa. Se embarcó en Lisboa y, después de una larga travesía y
de viajes en ferrocarril, llegó a Leopoldville, la capital del Congo belga.
Como esposa de diplomático, la alojó el cónsul de Suiza. Pero comenzaron a
correr rumores que la perjudicaron. Se decía que era una espía del Tercer
Reich. Annemarie resolvió entonces abandonar la ciudad.
Había oído hablar de un suizo de apellido Vivien, cuya plantación
estaba en Molanda, en la selva ecuatorial. Se le ocurrió que ése era un tema
interesante para los lectores suizos. Se puso en camino. Llegó a Lisala, el
lugar que Conrad describió en “El corazón de las tinieblas”. Allí
esperó doce días hasta que un coche la llevó a la plantación de los Vivien,
la más importante del Congo.
Esa inmensa propiedad era dirigida por Mme.Vivien, que había quedado
sola después de que su marido, gravemente enfermo, regresó a Europa. Ella era
una mujer enérgica, protectora y muy tierna. Hospedó a Annemarie en una
casa espaciosa. Lejos de toda distracción, Schwarzenbach escribió
quince artículos, dos textos poéticos y uno de prosa, pero como siempre la
escritura la dejaba en carne viva.
La señora Vivien se dio cuenta de lo que le pasaba a su huésped y le
propuso acompañarla en un viaje por el continente africano. La escritora aceptó.
Durante los meses que Annemarie vivió bajo la protección de la señora Vivien,
escribió “El milagro del árbol”, la historia de amor de un hombre y una
mujer que, para respetar la independencia de sus almas, resuelven separarse. Una
vez terminada la novela, Annemarie se embarcó rumbo a Europa.
Ya en Suiza, se instaló en la Jägerhaus de Sils. Había llegado a aceptar que
nunca estaría del todo curada de su adicción, pero que eso no importaba,
siempre podría renacer. El 6 de septiembre de 1942 iba en un coche a caballo
hacia Saint-Moritz, se encontró con una amiga montada en una bicicleta y
acordaron intercambiar los vehículos. Annemarie, para probar que no había
perdido su destreza, se lanzó cuesta abajo sin tomarse de los manubrios, como
acostumbraba hacer en la niñez. Chocó con un obstáculo, voló por el aire y
su cabeza dio contra una piedra. Nunca recuperaría por completo la lucidez. El
15 de noviembre de 1942, murió en Sils como consecuencia del accidente.
Hoy, sus textos permiten tener una visión lateral, pero estremecedora, del espíritu
de una época y de las angustias de una generación. Son testimonios de que el
mundo había estallado en fragmentos y de que cualquier intento de huir, y no de
enfrentar esa catástrofe, sólo podía terminar en tragedia o en una inútil
inmolación a un dios silencioso y ausente.